Me mandaron mis superiores. Vamos al huerto una vez mas.
Camino con el frío de la noche. Camino a manchar mis manos con sangre.
Camino dominado con la cabeza agachada cumpliendo otra voluntad.
A manchar mis manos con la maldad de quien manda y nunca está.
Hemos llegado a esta fría acequia donde de mi armadura se esconden.
El criminal que busco se me entrega como si no hubiese delito.
Empiezo a despreciar la armadura que engendra el miedo.
Como si no hubiese temor a castigo. Como si yo estuviera maldito.
Nos llevamos al inocente. El tipo que no era criminal.
Le enjuiciamos con palabras, sin razones, sin verdad.
Y conocí la fuerza del tigre y su rabia.
Conocí la impotencia del amor y su cara mas animal.
Y el filo de la navaja del impotente, y el dolor.
Me retorci en el suelo para hallar el silbido infernal.
Un llamado a todos los demonios, que no puede echar marcha atrás.
Y el inocente me habló de espadas, que no daban a lugar.
Si protegiendo, a espada hieres, a hierro morirás.
Perdí mi oreja y en sus ojos vi amor. Me perdí en ellos. No sentí confusión.
Se había ido el yugo, la sangre que por mi hombro corrió.
En esos ojos vi a mi madre.
En ellos vi a mi amor.
Vi todo por lo que he luchado.
Recordé que era humano y que era canción.
Abrí los ojos. Y el inocente me curó de mi dolor.
Seguía teniendo mis dos orejas, y ahora tenían otro valor.
Abrí mis ojos a lo perdido. Abri los ojos a lo que no agradecí.
Cuando tuve brazos amorosos acurrucandome en una canción feliz.
No volvi a ver al inocente y le quisiera agradecer.
Perder una oreja frente a la rabia para encontrar que mis ojos se habían ido también.
Recuperé todo y dejé caer el llanto. Porque son para darme pie.
Para darse cuenta de lo perdido. Para sentir humildad en mi piel.
miércoles, 6 de marzo de 2013
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